Por Miguel Lázaro (@miguel_lazaro_)
El RCD Mallorca sigue buscándose a sí mismo en una segunda vuelta en la que el gol sigue siendo el gran ausente.
No se me olvida, salí de Son Moix como si tuviera 16 años y me hubieran suspendido un examen después de haber estudiado: asignatura pendiente para septiembre. La sensación era esa, me iba a quedar sin verano. En Pucela debieron celebrar ese minuto 89’ como si hubieran ganado la Champions. No eran solo 3 puntos perdidos, era un mazazo a un equipo que había jugado para ganar.
Después de la destitución del Chapi Ferrer que jugaba a no perder, parecía que con Pepe Gálvez la cosa había mejorado… y así era al menos en el juego. Circulaba más el balón, el centro del campo ya podía llamarse centro del campo, había recuperación, capacidad de contraataque, y eso lo habíamos notado todos. Había más de todo: más juego y más llegada, más tiros a puerta, pero sin gol. El maldito gol que no terminaba de llegar y hacía que a todos los mallorquinistas se nos quedara cara de tontos.
Una llegada tras otra, y el espíritu del miedo a rematar en el último toque se manifestaba constantemente. Pero miedo ¿por qué? En el remate final se perdía toda la energía de la jugada que parecía resumirse en nada. No le echemos la culpa a Bianchi, que ya no está y que cuando estaba tampoco estaba. Para mí era como el fotógrafo del BOE ¿has visto alguna vez una foto en el Boletín Oficial del Estado?
Ahora tenemos a la NBA en casa, eso parece. Tenemos a Fernando Vázquez y me parece bien que Pepe Gálvez haya merecido quedarse: lo ha sufrido y se lo ha ganado. La última victoria en casa contra el Alcorcón por 1 a cero, ha sido eso, una victoria igual a 3 puntos. Nada más. Un pequeño respiro en forma de penalti que ha calmado un poco las aguas, mientras los nuevos gestores del club, buscan futbolistas que quieran venir a reforzar supongo que lo que nos falta: el gol.
¿Ya estamos todos? No lo estamos. Ese gol del Valladolid en el minuto 89’ sigue siendo un garbanzo bajo la almohada. Ya han pasado unas semanas, pero a mí no se me olvida. Lo que no me atrevo a sentenciar, o mejor dicho: no quiero juzgar si se trata de necesidad de un refuerzo, o si bien es un problema de actitud. ¿Por qué lo digo? En Mallorca se vive muy bien, doy fe. Se ven las cosas de otra manera.
Una vez llegas de fuera, se aprecia que aquí el ritmo es distinto. Pero aunque así sea, el último hombre venga de fuera o sea de la casa, cuando remata tiene que tener seguridad y no eludir el tiro a puerta. Debe tener la sangre fría necesaria para no tirar a la desesperada y sin fuerza “para ver qué pasa”. Ese ya no es un problema de refuerzos, ni de fichajes, ni de inversión: la precipitación es propia de la inmadurez. Quizás vaya por ahí la cosa.

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